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Un Escrito para Tulancingo...
El Tulancingo que muchos creen conocer, es ese Tulancingo de ilusiones martajadas por la consecuencia del mal gobierno, de esos gobernantes que nos van sofocando las ganas de brillar en los escenarios de nuestro futuro labrado con trabajo, que más que bien planeado es bien elaborado, con fe y entusiasmo.
El Tulancingo que yo conozco es ese de barbacoas dominicales, de tamaleras en las esquinas de varias calles, que nos deleitan con “son de dulce, mole, rajas y calabacitas”, yo conozco un Tulancingo de días de clases cuando “policías y ladrones” era la manera mas romántica de estar cerca de la niña que te estaba rompiendo el corazón, con el arma de dos cordones rojos amarrados a sus trenzas.
El Tulancingo que tanto amo, es esa ciudad donde las campanas catedrales suenan cada domingo llamando a misa a los cada vez menos fieles asistentes, es ese parque de la floresta que alberga frente a la estatua benemérita a tantos enamorados comiéndose a besos en las bancas del jardín, de esas bancas que más saben de pasión reprimida, del aprendido pudor femenino de las mujeres de mi ciudad y de secretos de amor que cualquier hotel de paso de las grandes ciudades.
El Tulancingo que muchos conocen es ese donde no hay espectáculos de teatro, donde no hay grandes complejos comerciales, donde la diversión de las grandes ciudades no se hace presente.
Pero el Tulancingo que yo conozco, es este de cielo tan limpio que todavía puedes bautizar a las constelaciones con el nombre de tu amada o encontrar en las estrellas a esos seres queridos que nos están apartando butaca en el show multiestelar, que Dios nos preparo.
El Tulancingo que yo conozco es el de los árboles llenos de pájaros cantores y escandalosos, esos pájaros que un día me hicieron pensar que eran las frutas que en vez de caer al suelo, son frutas que se van volando a las manos del creador.
El Tulancingo donde yo vivo, es ese donde los columpios siempre están llenos de niños, ese donde los padres todavía comen helado a la par de sus hijos, ese donde las ferias todavía están llenas de sonrisas ilusiones infantiles, algodones de azúcar y manzanas silvestres cubiertas de rojo caramelo.

Mi Tulancingo no es una ciudad donde no hay nada que hacer, mi Tulancingo no esta llena de gente apática, el Tulancingo donde habito es una ciudad donde el calor del café es telón que se abre a las grandes conversaciones, esas que saben a esperanza, esas que saben a recuerdo, esas que se quedan flotando en el ambiente cuando los charlantes ya se han ido, es un Tulancingo con aroma a frutas en los altares de difuntos, es un Tulancingo con la identidad de las tradiciones que siguen vivas, es un Tulancingo con sabor a hogar, de ese hogar al que todo aventurero sueña con regresar.
El Tulancingo que yo conozco es el mismo que al ver un mapa mundi descubres que la republica mexicana es el corazón del mundo y al ver un mapa de la republica descubre de Tulancingo es el corazón de este país y por tanto el latido de nuestro planeta... La ciudad bendita que Dios exento de temblores, huracanes y todas esa fuerzas de la naturaleza que no se meten con nosotros.
Mi Tulancingo es el de las plazas de los jueves, el de los 12 de diciembre donde mucha gente se arremolina a disfrutar de la verbena más por ganas de comer y compartir con la familia de la ciudad como en un gran comedor publico, que por salir de la monotonía que más que gris esta pintada con colores de alegría.
Esa es mi ciudad, esa es mi tierra, ese es mi hogar... lugar de la familia unida de los amigos sinceros, lugar donde la prosperidad esta más en el corazón que en los bolsillos, lugar donde somos millonarios de vida, millonarios de bendiciones, millonarios de amor y de caricias... Tulancingo el lugar donde yo nací, lugar al que mi espíritu aventurero y mi gusto por viajar no cambiarían por nada... Tulancingo lugar que siempre mi corazón considerará como su verdadero hogar.
José Luis Loayza Escamilla.

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